(Lo que sigue son las palabras que leí el sábado 3 de diciembre de 2011, en la inauguración de la “casa natal de Federico Gauffin”, en Villa San José, Metán)
Hace más de un siglo, tal vez en 1903, un muchacho de unos diecisiete años saltaba el alambre de la plaza que tenemos ahora enfrente, bordeaba esta vieja casa, daba un rodeo por los yuyarales que la habían invadido y entraba por una puerta lateral.
Acababa de perder su empleo en un viejo almacén de Metán, luego de que su patrón lo descubriera en un amorío con su hija.
De su padre, en la vieja casona familiar, sólo quedaba el dibujo de unos grotescos payasos con un cigarro en la boca, y unos cuentos que comenzaban allá lejos en Francia. De su madre, apenas el recuerdo del aroma de la sopa, y la voz tierna, casi incapaz de dar órdenes.
El chico estaba llegando a la conclusión de que no había cabida para él en Metán, de que no iba a poder encontrar otro empleo, debido a la mala relación que había tejido en el pueblo. Lo único que podía hacerse era irse, pero antes había buscado reparo en el recuerdo de unos padres, y de una familia ya ausentes.
Todo está narrado en el primer capítulo de “En Tierras de Magú Pelá”. Antes de salir de esta casa en la que estamos, el muchacho tropieza con un objeto. Era el caballo de madera de su infancia, donde había hecho miles de viajes imaginarios. Permanecía allí, “… con las patas rotas, sin crines ni cola, con los ojos huecos”. “¡Estaba muerto!”, dice sorprendido.
No sólo había perdido a su empleo y a su familia. No sólo no tenía ya la posibilidad de vivir en el pueblo: también había muerto su infancia. Esta casa fue en la novela “En Tierras de Magú Pelá” la casa en ruinas donde un chico de 17 años tuvo que hace ese duelo.
¿Quién era ese muchacho? ¿Federico Gauffin, el autor de la novela, o Carlos Gilbert, su protagonista? Tal vez los dos, porque uno es también lo que se imagina y lo que narra de sí mismo. La biografía de uno mismo está llena de ficciones acerca de sí mismo.
Pero esta casa no sólo fue la casa del duelo de la infancia de Gauffin o de Gilbert. Para un día de inauguración, la idea parece sombría. Hay otro costado, otra cara de la moneda.
Esta casa por eso mismo es también el kilómetro 0 de un viaje que iba a emprender al día siguiente, un viaje de aventura, de conocimiento, de acumulación de experiencias, tal como tan bien analiza Santiago Sylvester en la introducción de la última edición de la novela.
El capítulo siguiente se inicia con este muchacho comiendo charqui y zapallo asado. El hambre lo había llevado a lo de doña Cruz, alguna anciana vecina de Metán, que demás le dio una mula de su finado marido.
Desde ese pueblito de Metán se emprende entonces un viaje, una aventura: desde la primera jornada, el Chaco se le va revelando sin medida, tormentoso, brutal y también bello. No tiene esa región demasiadas consideraciones para quienes no saben de sus secretos, pero el muchacho sobrevive gracias a la amistad de un gaucho cuatrero, a quien salva de ser matado por la policía.
Todo lo que le sucede desde entonces a este joven está marcado por una violencia primitiva: el diluvio en el Palmar, el abrazo mortal del oso hormiguero al tigre, el mataco ciego que lo embiste con la fuerza de sus propios tormentos, las manifestaciones de amor de una mataca que lo voltea y le araña la cara, la matanza de una tribu de aborígenes por órdenes de un teniente despechado. Pero también esta región le revela una belleza ageste, como el de la laguna de Suri Pintao, o el espectáculo de una pesca aborigen sobre el Pilcomayo.
Gauffin lo va contando con la inocencia de quien lo ve todo por primera vez: describe los gauchos y al resto de los personajes tales como se les van apareciendo, sin pintarlos demasiado ideales, sin disculparlos, pero también sin condenarlos.
Veinte años se queda Gauffin a orillas del Pilcomayo. Allí además, además de casarse con Antonia Paz y tener hijos, de sobrevivir junto a los grupos aborígenes y los primeros criollos que migraron a esa región, lee con avidez cualquier recorte de revista, cualquier libro que llegaba a esos desiertos, o garabatea algunos versos.
Regresa a Salta, veinte años después, a tiempo para encontrarse con Juan Carlos Dávalos, y escribir sus novelas. Trabaja de periodista y dirige el diario Norte. Muere en 1937, en algún inmueble de la calle Balcarce, cerca de la estación de trenes.
Ninguno de sus nietos, pues, lo conoció personalmente. De allí que su memoria familiar se haya conservado sobre todo por los recuerdos de sus hijos transmitidos a sus propios hijos y, claro, por los propios libros de Federico y la referencias de mundo cultural.
Los gauffines son legión ahora, a las puertas de 2012, cuando se han cumplido 125 años de su nacimiento.
Y no falta el día en que uno de ellos, nieto, bisnieto, tatariento o chozno, tome un recorte de de diario y lo lea con la misma avidez que lo hacía Federico a orillas del Pilcomayo. O se interne en el Chaco para mirar los madrejones. O escriba un cuento, o un artículo en un diario. O cometa algunos versos. Formas de afrontar de cada uno sus propios duelos y de recorrer estos días tormentosos y bellos.
lunes, 5 de diciembre de 2011
miércoles, 2 de noviembre de 2011
El bolsillo proscrito
Corren malos tiempos para el bolsillo. No porque la crisis económica los haya hecho enflaquecer. Todo lo contrario: Mitre, Rosas, Sarmiento y hasta Roca siguen mirando hacia no se sabe dónde desde papeles cada vez más gastados. Signo de que continúan su trajín diario de pantalón en pantalón.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.
El bolsillo proscrito
Corren malos tiempos para el bolsillo. No porque la crisis económica los haya hecho enflaquecer. Todo lo contrario: Mitre, Rosas, Sarmiento y hasta Roca siguen mirando hacia no se sabe dónde desde papeles cada vez más gastados. Signo de que continúan su trajín diario de pantalón en pantalón.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.
sábado, 1 de octubre de 2011
Tres Cristos en setiembre
No debería pasar sin reflexión la mudanza obligada, durante la novena del Milagro, del espectáculo de José Sacristán sobre la poesía de Antonio Machado.
Tal vez el apellido del actor estaba acorde con la época y el lugar donde quería recitar, pero no el contenido de los versos.
Las culpas, los yerros, el castigo, el terremoto, la aflicción, el duelo: todas esas experiencias conforman el requisito indispensable para el clima cada vez más penitencial de la novena de septiembre en torno a un Crucificado, cuyo dolor sólo se explica por las culpas de los fieles.
Machado, en cambio, escribe que en Andalucía, también para la primavera, el pueblo anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. El pueblo, dice, quiere quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. Quiere que no sufra más.
El poeta se resiste a cantarle a ese Jesús del madero. Y quiere cantarle al que anduvo en la mar. Unos versos que suenan discordantes en una Salta que, según aseguran quienes custodian su tradición, la devoción al Crucificado del Milagro es uno de los elementos que logran la mayor cohesión cultural de Salta.
¿Cómo Sacristán iba a recitar esos versos en unos días en que se exaltaba el acontecimiento que se pretende constitutivo para la cultura de los salteños, esto es, la intervención del Crucificado para calmar los temblores de la tierra? ¿Cómo, a metros no más del templo, alguien podía decir que no puede ni quiere cantar al Jesús del Madero, sino al que caminó sobre las olas del mar?
¿Y cómo lo iban a aplaudir?
Es posible que esas preguntas, y no los dictámenes de una vieja ordenanza, hayan determinado la decisión de hacerle mudar su espectáculo: en el centro mismo de la ciudad y en ese momento “fundacional” sólo hay lugar para la “cultura salteña”, no para la expresión creadora de un artista.
Pero las imágenes de Jesús parecen inacabables. Si es así, las versiones de la cultura salteña también lo serían.
Lo probaría un reciente hecho literario que enlaza con una vieja obra de arte, tan antigua tal vez como las imágenes del Milagro.
En su libro “La palabra y”, presentado durante los primeros días de septiembre en el Complejo de Bibliotecas de Salta, Santiago Sylvester le hace unos versos a un “Cristo pisando uvas” representado en un cuadro colgado a un costado de la Iglesia de La Viña.
Es un Cristo cuzqueño que no calma terremotos, ni anda sobre sobre las olas de la mar, sino que camina sobre uvas: hace vino patero. Es cierto, dice Sylvester en su poema, que las pinceladas de ese pintor desconocido mencionaron el drama y su liturgia, “pero la impresión es que ahí/ hay amor directo por la vida, gozo en el acto, además/ de la felicidad alegórica del vino”.
La tela cuzqueña le dejó la impresión de que ese obrero artesanal “no viene a recriminarnos: no esconde segundas intenciones/, ningún chantaje metafísico, /ninguna amenaza: la redención es supletoria: aquí/ manda la vida, no el final;/ no hay noticias de postrimerías”.
Este “Cristo pisando uvas” de la iglesia de La Viña permanece arriba de un confesionario, casi en penumbras. Quedó en los márgenes de la cultura salteña. Pero el asombro y el estremecimiento interior del poeta lograron, por un momento, sacarlo de un olvido que ya lleva siglos.
Tal vez el apellido del actor estaba acorde con la época y el lugar donde quería recitar, pero no el contenido de los versos.
Las culpas, los yerros, el castigo, el terremoto, la aflicción, el duelo: todas esas experiencias conforman el requisito indispensable para el clima cada vez más penitencial de la novena de septiembre en torno a un Crucificado, cuyo dolor sólo se explica por las culpas de los fieles.
Machado, en cambio, escribe que en Andalucía, también para la primavera, el pueblo anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. El pueblo, dice, quiere quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. Quiere que no sufra más.
El poeta se resiste a cantarle a ese Jesús del madero. Y quiere cantarle al que anduvo en la mar. Unos versos que suenan discordantes en una Salta que, según aseguran quienes custodian su tradición, la devoción al Crucificado del Milagro es uno de los elementos que logran la mayor cohesión cultural de Salta.
¿Cómo Sacristán iba a recitar esos versos en unos días en que se exaltaba el acontecimiento que se pretende constitutivo para la cultura de los salteños, esto es, la intervención del Crucificado para calmar los temblores de la tierra? ¿Cómo, a metros no más del templo, alguien podía decir que no puede ni quiere cantar al Jesús del Madero, sino al que caminó sobre las olas del mar?
¿Y cómo lo iban a aplaudir?
Es posible que esas preguntas, y no los dictámenes de una vieja ordenanza, hayan determinado la decisión de hacerle mudar su espectáculo: en el centro mismo de la ciudad y en ese momento “fundacional” sólo hay lugar para la “cultura salteña”, no para la expresión creadora de un artista.
Pero las imágenes de Jesús parecen inacabables. Si es así, las versiones de la cultura salteña también lo serían.
Lo probaría un reciente hecho literario que enlaza con una vieja obra de arte, tan antigua tal vez como las imágenes del Milagro.
En su libro “La palabra y”, presentado durante los primeros días de septiembre en el Complejo de Bibliotecas de Salta, Santiago Sylvester le hace unos versos a un “Cristo pisando uvas” representado en un cuadro colgado a un costado de la Iglesia de La Viña.
Es un Cristo cuzqueño que no calma terremotos, ni anda sobre sobre las olas de la mar, sino que camina sobre uvas: hace vino patero. Es cierto, dice Sylvester en su poema, que las pinceladas de ese pintor desconocido mencionaron el drama y su liturgia, “pero la impresión es que ahí/ hay amor directo por la vida, gozo en el acto, además/ de la felicidad alegórica del vino”.
La tela cuzqueña le dejó la impresión de que ese obrero artesanal “no viene a recriminarnos: no esconde segundas intenciones/, ningún chantaje metafísico, /ninguna amenaza: la redención es supletoria: aquí/ manda la vida, no el final;/ no hay noticias de postrimerías”.
Este “Cristo pisando uvas” de la iglesia de La Viña permanece arriba de un confesionario, casi en penumbras. Quedó en los márgenes de la cultura salteña. Pero el asombro y el estremecimiento interior del poeta lograron, por un momento, sacarlo de un olvido que ya lleva siglos.
Tres Cristos en setiembre
No debería pasar sin reflexión la mudanza obligada, durante la novena del Milagro, del espectáculo de José Sacristán sobre la poesía de Antonio Machado.
Tal vez el apellido del actor estaba acorde con la época y el lugar donde quería recitar, pero no el contenido de los versos.
Las culpas, los yerros, el castigo, el terremoto, la aflicción, el duelo: todas esas experiencias conforman el requisito indispensable para el clima cada vez más penitencial de la novena de septiembre en torno a un Crucificado, cuyo dolor sólo se explica por las culpas de los fieles.
Machado, en cambio, escribe que en Andalucía, también para la primavera, el pueblo anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. El pueblo, dice, quiere quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. Quiere que no sufra más.
El poeta se resiste a cantarle a ese Jesús del madero. Y quiere cantarle al que anduvo en la mar. Unos versos que suenan discordantes en una Salta que, según aseguran quienes custodian su tradición, la devoción al Crucificado del Milagro es uno de los elementos que logran la mayor cohesión cultural de Salta.
¿Cómo Sacristán iba a recitar esos versos en unos días en que se exaltaba el acontecimiento que se pretende constitutivo para la cultura de los salteños, esto es, la intervención del Crucificado para calmar los temblores de la tierra? ¿Cómo, a metros no más del templo, alguien podía decir que no puede ni quiere cantar al Jesús del Madero, sino al que caminó sobre las olas del mar?
¿Y cómo lo iban a aplaudir?
Es posible que esas preguntas, y no los dictámenes de una vieja ordenanza, hayan determinado la decisión de hacerle mudar su espectáculo: en el centro mismo de la ciudad y en ese momento “fundacional” sólo hay lugar para la “cultura salteña”, no para la expresión creadora de un artista.
Pero las imágenes de Jesús parecen inacabables. Si es así, las versiones de la cultura salteña también lo serían.
Lo probaría un reciente hecho literario que enlaza con una vieja obra de arte, tan antigua tal vez como las imágenes del Milagro.
En su libro “La palabra y”, presentado durante los primeros días de septiembre en el Complejo de Bibliotecas de Salta, Santiago Sylvester le hace unos versos a un “Cristo pisando uvas” representado en un cuadro colgado a un costado de la Iglesia de La Viña.
Es un Cristo cuzqueño que no calma terremotos, ni anda sobre sobre las olas de la mar, sino que camina sobre uvas: hace vino patero. Es cierto, dice Sylvester en su poema, que las pinceladas de ese pintor desconocido mencionaron el drama y su liturgia, “pero la impresión es que ahí/ hay amor directo por la vida, gozo en el acto, además/ de la felicidad alegórica del vino”.
La tela cuzqueña le dejó la impresión de que ese obrero artesanal “no viene a recriminarnos: no esconde segundas intenciones/, ningún chantaje metafísico, /ninguna amenaza: la redención es supletoria: aquí/ manda la vida, no el final;/ no hay noticias de postrimerías”.
Este “Cristo pisando uvas” de la iglesia de La Viña permanece arriba de un confesionario, casi en penumbras. Quedó en los márgenes de la cultura salteña. Pero el asombro y el estremecimiento interior del poeta lograron, por un momento, sacarlo de un olvido que ya lleva siglos.
Tal vez el apellido del actor estaba acorde con la época y el lugar donde quería recitar, pero no el contenido de los versos.
Las culpas, los yerros, el castigo, el terremoto, la aflicción, el duelo: todas esas experiencias conforman el requisito indispensable para el clima cada vez más penitencial de la novena de septiembre en torno a un Crucificado, cuyo dolor sólo se explica por las culpas de los fieles.
Machado, en cambio, escribe que en Andalucía, también para la primavera, el pueblo anda pidiendo escaleras para subir a la cruz. El pueblo, dice, quiere quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. Quiere que no sufra más.
El poeta se resiste a cantarle a ese Jesús del madero. Y quiere cantarle al que anduvo en la mar. Unos versos que suenan discordantes en una Salta que, según aseguran quienes custodian su tradición, la devoción al Crucificado del Milagro es uno de los elementos que logran la mayor cohesión cultural de Salta.
¿Cómo Sacristán iba a recitar esos versos en unos días en que se exaltaba el acontecimiento que se pretende constitutivo para la cultura de los salteños, esto es, la intervención del Crucificado para calmar los temblores de la tierra? ¿Cómo, a metros no más del templo, alguien podía decir que no puede ni quiere cantar al Jesús del Madero, sino al que caminó sobre las olas del mar?
¿Y cómo lo iban a aplaudir?
Es posible que esas preguntas, y no los dictámenes de una vieja ordenanza, hayan determinado la decisión de hacerle mudar su espectáculo: en el centro mismo de la ciudad y en ese momento “fundacional” sólo hay lugar para la “cultura salteña”, no para la expresión creadora de un artista.
Pero las imágenes de Jesús parecen inacabables. Si es así, las versiones de la cultura salteña también lo serían.
Lo probaría un reciente hecho literario que enlaza con una vieja obra de arte, tan antigua tal vez como las imágenes del Milagro.
En su libro “La palabra y”, presentado durante los primeros días de septiembre en el Complejo de Bibliotecas de Salta, Santiago Sylvester le hace unos versos a un “Cristo pisando uvas” representado en un cuadro colgado a un costado de la Iglesia de La Viña.
Es un Cristo cuzqueño que no calma terremotos, ni anda sobre sobre las olas de la mar, sino que camina sobre uvas: hace vino patero. Es cierto, dice Sylvester en su poema, que las pinceladas de ese pintor desconocido mencionaron el drama y su liturgia, “pero la impresión es que ahí/ hay amor directo por la vida, gozo en el acto, además/ de la felicidad alegórica del vino”.
La tela cuzqueña le dejó la impresión de que ese obrero artesanal “no viene a recriminarnos: no esconde segundas intenciones/, ningún chantaje metafísico, /ninguna amenaza: la redención es supletoria: aquí/ manda la vida, no el final;/ no hay noticias de postrimerías”.
Este “Cristo pisando uvas” de la iglesia de La Viña permanece arriba de un confesionario, casi en penumbras. Quedó en los márgenes de la cultura salteña. Pero el asombro y el estremecimiento interior del poeta lograron, por un momento, sacarlo de un olvido que ya lleva siglos.
viernes, 23 de septiembre de 2011
El teatro de Eichelbaum, los trinos de Zelaya
Octubre del ‘34. En los diarios salteños aparecen con frecuencia los rictus de Hitler y Mussolini. Hablan de paz, pero preparan la guerra. Aquellos fantasmas quedan por unos pocos días conjurados. Acaba de desembarcar el Cardenal Pacelli en Buenos Aires para presidir el Congreso Eucarístico Internacional. Su sonrisa beatífica, su suave voz, conmueven multitudes en Palermo. El Congreso se convierte en un acontecimiento nacional, al que se pliega gustoso el presidente Justo.
Samuel Eichelbaum y César Tiempo aprovechan una invitación de escritores del interior para evitar aquellos fervores. Llegan a una ciudad donde la discusión principal pasa por las “primas”, un cuestionado subsidio a la industria vitivinícola. Los conservadores, que no poseen bodegas, se oponen. Los radicales, que sí, la apoyan.
El vino cafayateño encenderá otras pasiones en una extraña noche salteña.
Un grupo de intelectuales y bohemios ha formado la Asociación Cultural de Salta, para promover, supuestamente, la cultura. Sus integrantes aparecen en los diarios fomentando la visita de los ilustres escritores porteños.
En la Sociedad Sirio Libanesa se hace la primera conferencia, organizada también por la Asociación de Jóvenes Israelitas. Moisés Zevi interpreta melodías hebreas antes del turno de Tiempo, quien habla de “Chaplin a la vista”. “Carlitos puede ser el símbolo, la expresión animada de un poeta de nuestro tiempo. Frente a la áspera realidad, él exhibe su disfraz grotesco de “tramp” y arranca risas con su desventura”.
El Intransigente dice que el salón estaba lleno, aunque evita mencionar la ausencia de varios referentes de la Asociación.
Dos días después Eichelbaum utiliza su conferencia para afirmar que al teatro criollo se le ha ido el alma. Sus autores “han adquirido un respeto primario por las emociones populares, un respeto que han asimilado por picardía, y se han entregado a él como una noble doctrina”. La obra de arte, en cambio, “es cosa individual, privilegio del individuo, con gracia personal que no determina la existencia de un arte en un pueblo, sino en él”.
A la hora de los aplausos se miran algunos participantes. Hay sillas vacías que hablan con elocuencia . Es ya notorio que algunos miembros de la Asociación han expresado, con su falta, una posición clara respecto de Tiempo y Eichelbaum.
El domingo 14 Pacelli bendice a más de un millón de feligreses en Palermo en la clausura del Congreso, mientras en el hotel Roma de Salta se prepara la cena de homenaje y despedida a los visitantes. A la hora de los postres, Federico Gauffin lee un par de hojas, en tono de disculpa hacia los escritores.
“Magnífico es el espectáculo (de Salta y sus cerros), pero la impresión es pasajera y pronto se siente el cansancio que producen a los ojos y al espíritu las cosas que continuamente nos rodean y estrechan, siempre las mismas, casi chocantes, como manjar obligado que se come todos los días, por obligación y necesidad”, dice Gauffin, alejado de entusiasmos poéticos. No sólo se dirige a Tiempo y Eichelbaum, también a los que en la semana dejaron la sillas vacías y ahora empiezan a hacer la digestión en el Roma.
“Pasados los primeros momentos de entusiasmo y admiración, habréis sentido asfixia, opresión y cierto malestar indefinible y también ansias de escapar de esos muros que se interponen entre vosotros y la inmensidad; y entonces Salta os habrá parecido un montón de viviendas aplastadas en la oscuridad de un hoyo”.
En una de las mesas está el poeta Juan José Zelaya, crédito poético salteño, habituado a cantar loas a Salta y sus valles. El flaco Gauffin, que así le decían, le había dedicado uno de sus “sayos” en el Diario El Norte. “Oh egregio vate Zelaya,/ ante su genio me inclino;/ ruiseñor que se desmaya/ oyendo su propio trino.”
El autor de “Magú Pelá” sigue su discurso: “Digo esto porque os habrá causado extrañeza y desilusión comprobar que nuestro espíritu, al menos en la mayoría de los casos, está limitado y ceñido como el horizonte y que el pensamiento se encuentra encarcelado por los prejuicios, en la misma forma que el valle está amurallado por la selva y por los cerros”.
Pero los que toman luego la palabra cambian abruptamente de tema. En un súbito giro localista, se dedican a elogiar al vate Zelaya y a ignorar a los visitantes. El clima de la reunión se encrespa. Tiempo prefiere mirar para otro lado. Eichelbaum se fastidia e idea el primer acto de la tragicomedia. El mismo será el primer actor. La “obra” fue publicada al día siguiente por un cronista de Nueva Epoca, fray Ingenuo de seudónimo.
“Que recite, pues, sus versos el poeta Zelaya”, dijo el dramaturgo cortando los halagos de los locales. Pero el vate aduce estar convaleciente para evitar el desafío. Despechado, Eichelbaum se retira a su cuarto y manda llamar a Gauffin y a Hugo Romero. “No hay derecho que ese señor a quien nosotros deseamos proclamar “príncipe de la poesía de Salta”, nos desdeñe de esta manera. Es claro que a semejante desdén lo cotizaremos en el terreno del honor!”
El desafìo se hace público: Si Zelaya no recita sus versos, el dramaturgo exige una reparación por las armas.
Los padrinos de Zelaya y Eichelbaum acuerdan que el duelo sea a las tres, al costado del cementerio. Del “campo del honor”, uno de los dos pasaría a la covacha, dice la crónica. Pero cuando llegaron los médicos y estaban listas las espadas, el poeta local se inspiró repentinamente y recitó desde “El acto de despedir en la estación”, hasta “Mi casita”.
El final feliz, según fray Ingenuo, obedeció “al ambiente de pacificación eucarística con que nos ha obsequiado el Legado Papal, cardenal Pacelli”.
Dos días después de la partida de los visitantes, truenan las renuncias en la Asociación. La primera es de José Hernán Figueroa. “Sea por la intervención de prejuicios o suspicacias inexplicables, o sea por causas que escapan a mi conocimiento, esa Asociación no ha sabido prestigiar las conferencias de esos calificados representantes de las letras nacionales”. Idem Gauffin, Julio Figueroa Medina y Mario Balbarán Alvarado. Siguen firmas. El remate es de Alberto Ovejero Paz. Acusa a directivos de la Asociación de haber creado un gran vacío a Eichelbaum y Tiempo, por el hecho de ser “descendientes de hebreos”. “Una entidad cultural debe estar libre de todo prejuicio social y no ha de verse otra cosa que el pensamiento y el valor intelectual de las personas, sean ellas quienes fueren, sus religiones y sus condiciones políticas y sociales, si realmente se desea hacer obra cultural”.
Desautorizado, debe presentar su renuncia el presidente, David Saravia Castro. “Hay un choque de corrientes desarmónicas”, argumenta.
Tras la partida de los porteños, Gauffin desata en uno de sus sayos toda su ironía contra la autocomplacencia localista y sus escribas:
“Es Salta una maravilla,
nada en belleza la iguala;
los turistas cuando vienen
la encuentran extraordinaria
por sus cumbres, por sus valles
y por el vate Zelaya.
¿Hay algo más estupendo
que las lomitas peladas,
que las calles polvorientas
y las casas arruinadas?
Mirad las aguas corrientes
donde hay todo menos agua;
los tranvías que sólo sirven
para pasto de las llamas
y los perros que de flacos
ya más bien parecen almas.
Samuel Eichelbaum y César Tiempo aprovechan una invitación de escritores del interior para evitar aquellos fervores. Llegan a una ciudad donde la discusión principal pasa por las “primas”, un cuestionado subsidio a la industria vitivinícola. Los conservadores, que no poseen bodegas, se oponen. Los radicales, que sí, la apoyan.
El vino cafayateño encenderá otras pasiones en una extraña noche salteña.
Un grupo de intelectuales y bohemios ha formado la Asociación Cultural de Salta, para promover, supuestamente, la cultura. Sus integrantes aparecen en los diarios fomentando la visita de los ilustres escritores porteños.
En la Sociedad Sirio Libanesa se hace la primera conferencia, organizada también por la Asociación de Jóvenes Israelitas. Moisés Zevi interpreta melodías hebreas antes del turno de Tiempo, quien habla de “Chaplin a la vista”. “Carlitos puede ser el símbolo, la expresión animada de un poeta de nuestro tiempo. Frente a la áspera realidad, él exhibe su disfraz grotesco de “tramp” y arranca risas con su desventura”.
El Intransigente dice que el salón estaba lleno, aunque evita mencionar la ausencia de varios referentes de la Asociación.
Dos días después Eichelbaum utiliza su conferencia para afirmar que al teatro criollo se le ha ido el alma. Sus autores “han adquirido un respeto primario por las emociones populares, un respeto que han asimilado por picardía, y se han entregado a él como una noble doctrina”. La obra de arte, en cambio, “es cosa individual, privilegio del individuo, con gracia personal que no determina la existencia de un arte en un pueblo, sino en él”.
A la hora de los aplausos se miran algunos participantes. Hay sillas vacías que hablan con elocuencia . Es ya notorio que algunos miembros de la Asociación han expresado, con su falta, una posición clara respecto de Tiempo y Eichelbaum.
El domingo 14 Pacelli bendice a más de un millón de feligreses en Palermo en la clausura del Congreso, mientras en el hotel Roma de Salta se prepara la cena de homenaje y despedida a los visitantes. A la hora de los postres, Federico Gauffin lee un par de hojas, en tono de disculpa hacia los escritores.
“Magnífico es el espectáculo (de Salta y sus cerros), pero la impresión es pasajera y pronto se siente el cansancio que producen a los ojos y al espíritu las cosas que continuamente nos rodean y estrechan, siempre las mismas, casi chocantes, como manjar obligado que se come todos los días, por obligación y necesidad”, dice Gauffin, alejado de entusiasmos poéticos. No sólo se dirige a Tiempo y Eichelbaum, también a los que en la semana dejaron la sillas vacías y ahora empiezan a hacer la digestión en el Roma.
“Pasados los primeros momentos de entusiasmo y admiración, habréis sentido asfixia, opresión y cierto malestar indefinible y también ansias de escapar de esos muros que se interponen entre vosotros y la inmensidad; y entonces Salta os habrá parecido un montón de viviendas aplastadas en la oscuridad de un hoyo”.
En una de las mesas está el poeta Juan José Zelaya, crédito poético salteño, habituado a cantar loas a Salta y sus valles. El flaco Gauffin, que así le decían, le había dedicado uno de sus “sayos” en el Diario El Norte. “Oh egregio vate Zelaya,/ ante su genio me inclino;/ ruiseñor que se desmaya/ oyendo su propio trino.”
El autor de “Magú Pelá” sigue su discurso: “Digo esto porque os habrá causado extrañeza y desilusión comprobar que nuestro espíritu, al menos en la mayoría de los casos, está limitado y ceñido como el horizonte y que el pensamiento se encuentra encarcelado por los prejuicios, en la misma forma que el valle está amurallado por la selva y por los cerros”.
Pero los que toman luego la palabra cambian abruptamente de tema. En un súbito giro localista, se dedican a elogiar al vate Zelaya y a ignorar a los visitantes. El clima de la reunión se encrespa. Tiempo prefiere mirar para otro lado. Eichelbaum se fastidia e idea el primer acto de la tragicomedia. El mismo será el primer actor. La “obra” fue publicada al día siguiente por un cronista de Nueva Epoca, fray Ingenuo de seudónimo.
“Que recite, pues, sus versos el poeta Zelaya”, dijo el dramaturgo cortando los halagos de los locales. Pero el vate aduce estar convaleciente para evitar el desafío. Despechado, Eichelbaum se retira a su cuarto y manda llamar a Gauffin y a Hugo Romero. “No hay derecho que ese señor a quien nosotros deseamos proclamar “príncipe de la poesía de Salta”, nos desdeñe de esta manera. Es claro que a semejante desdén lo cotizaremos en el terreno del honor!”
El desafìo se hace público: Si Zelaya no recita sus versos, el dramaturgo exige una reparación por las armas.
Los padrinos de Zelaya y Eichelbaum acuerdan que el duelo sea a las tres, al costado del cementerio. Del “campo del honor”, uno de los dos pasaría a la covacha, dice la crónica. Pero cuando llegaron los médicos y estaban listas las espadas, el poeta local se inspiró repentinamente y recitó desde “El acto de despedir en la estación”, hasta “Mi casita”.
El final feliz, según fray Ingenuo, obedeció “al ambiente de pacificación eucarística con que nos ha obsequiado el Legado Papal, cardenal Pacelli”.
Dos días después de la partida de los visitantes, truenan las renuncias en la Asociación. La primera es de José Hernán Figueroa. “Sea por la intervención de prejuicios o suspicacias inexplicables, o sea por causas que escapan a mi conocimiento, esa Asociación no ha sabido prestigiar las conferencias de esos calificados representantes de las letras nacionales”. Idem Gauffin, Julio Figueroa Medina y Mario Balbarán Alvarado. Siguen firmas. El remate es de Alberto Ovejero Paz. Acusa a directivos de la Asociación de haber creado un gran vacío a Eichelbaum y Tiempo, por el hecho de ser “descendientes de hebreos”. “Una entidad cultural debe estar libre de todo prejuicio social y no ha de verse otra cosa que el pensamiento y el valor intelectual de las personas, sean ellas quienes fueren, sus religiones y sus condiciones políticas y sociales, si realmente se desea hacer obra cultural”.
Desautorizado, debe presentar su renuncia el presidente, David Saravia Castro. “Hay un choque de corrientes desarmónicas”, argumenta.
Tras la partida de los porteños, Gauffin desata en uno de sus sayos toda su ironía contra la autocomplacencia localista y sus escribas:
“Es Salta una maravilla,
nada en belleza la iguala;
los turistas cuando vienen
la encuentran extraordinaria
por sus cumbres, por sus valles
y por el vate Zelaya.
¿Hay algo más estupendo
que las lomitas peladas,
que las calles polvorientas
y las casas arruinadas?
Mirad las aguas corrientes
donde hay todo menos agua;
los tranvías que sólo sirven
para pasto de las llamas
y los perros que de flacos
ya más bien parecen almas.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Nuevos funerales del periodismo
En octubre de 1996 y nada menos que ante la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Gabriel García Márquez pronunciaba su discurso sobre “el mejor oficio del mundo”, que desde entonces es, o debería ser, de lectura obligatoria para cualquier periodista que se inicia o que quiera preciarse de tal.
El autor de “Cien años de soledad” evoca allí las viejas redacciones, los cafés y las parrandas de los viernes donde el periodista no sólo aprendía el oficio, sino también se apropiaba del mínimo bagaje cultural con que debe contar quien desee vivir de escribir noticias.
García Márquez estaba convencido que el periodismo es algo parecido a un arte, un arte realista que consiste en escribir de los hechos, tales como sucedieron. Un arte en el que la primera urgencia del cronista es la de no mentirse a sí mismo. Y la segunda, la de ser creativo, no para inventar la noticia, sino para tejer los datos que obtiene y no convertirse en un mero reproductor de lo que dicen sus fuentes.
Por entonces, García Márquez no había tomado nota de que la SIP era un agente de la CIA, pero sí les reprochó a sus miembros que hayan puesto cada vez más obstáculos para el desarrollo del periodismo que proponía. En las salas de redacción se instalan las últimas novedades tecnológicas, pero el cronista tiene cada vez menos tiempo para obtener datos y escribir su crónica, les dijo.
La grabadora se convirtió para el escritor en símbolo de esa deshumanización del periodismo. Con ella el propio periodista comienza a convertirse en un aparato que sólo guarda y reproduce lo que dice el gobernador o ministro de turno, o la gacetilla oficial, tarea que repite todos los días porque no desea, no quiere, no está capacitado, ni le pagan para otra cosa.
El discurso ante la SIP se había iniciado con el enojo del Nobel ante la postura de profesores de una universidad colombiana que habían mandado a decir que los periodistas no son artistas. Y su desazón por el cambio del nombre humilde que tuvo el oficio, por el de Ciencias de la Comunicación Social.
Tal vez García Márquez no haya advertido en ese momento la transformación que, tras el cambio de la palabra, se había iniciado y que tuvo cabal expresión en un reciente congreso de Comunicación Popular realizado en la Universidad Nacional de Salta realizado con abundante aparato oficial nacional y convocado bajo la definición previa de que comunicador popular puede ser la presidenta de la Nación o el cacique de una comunidad originaria en la medida que “defienda o proyecte un proyecto colectivo”.
El tono de la convocatoria armonizó bastante bien con el argumento que usó uno de los panelistas de la jornada inaugural para concluir que cualquier presunción de independencia es una mentira. “Si al fin y al caso todos tenemos ideas e intereses de los que dependemos”, dijo desde un lugar común que se repite en los ámbitos oficiales.
¿Qué queda del comunicador o periodista -o como quiera que se llame- si debe atenerse a “proyectar” un proyecto colectivo, y si cualquier idea propia que concibe es nada más que un signo de su dependencia?
Ambas ideas no pueden afirmarse sin el supuesto -que en general no llega a explicitarse-, de que la última explicación de lo que alguien dice o escribe está en una ideología, en una condición económica o en el sistema de creencias de la comunidad a la que pertenece, nunca en la mente, los deseos, la voluntad, o la experiencia de un individuo.
Así ya no puede hablarse de periodistas, sólo de voceros del Liberalismo, del Comunismo, de la Socialdemocracia, de la Comunidad Originaria, del Capitalismo o del Monopolio. Por eso, para esta corriente del pensamiento, no queda otra cosa que militar, y abandonar cualquier pretensión de autonomía personal. Quienes optan por este último camino son enseguida denunciados por Barone y sus socios como hipócritas, mentirosos, tilingos y lo que le venga en gana.
Habiendo tomado nota de que en los diarios los periodistas se habían empezado a transformar en meros grabadores-reproductores, García Márquez creó sus talleres de nuevo periodismo en Cartagena, con la colaboración de Tomás Eloy Martínez. Pretendía contribuir a un periodismo que se hiciera con los ojos, los nervios, las ideas, y los dedos en el teclado de unos tipos y tipas bien formados, no con el play de la última videograbadora.
En cambio, habiendo denunciado el poder mediático y constatado los intereses políticos y económicos de los medios, la expresión oficial de las ciencias argentinas de la Comunicación se apresura a celebrar los funerales de la figura del periodista, y con ellos, los de toda posibilidad de tener una visión propia, personal, de lo que ocurre.
Según esta corriente sólo cabe comunicar los “proyectos colectivos”, expresión que en boca de algunos de los panelistas que desembarcaron en Salta para la cátedra de inauguración pronto se convirtió en un eufemismo de “movimiento Nacional y Popular”, sino de franco cristinismo. ¿Cuántos pasos más tendrán que dar para terminar afirmando que un periodista-comunicador es en realidad, vocero de este gobierno nacional, a la manera de Télam, cuyos directivos participaron del Congreso?
Es posible, sin embargo, que el periodismo que velan los ideólogos nacionales de las Ciencias de la Comunicación goce de buena salud. Después de todo, en mundo donde son escasos los trabajos atractivos, no será tan fácil que desparezca el “mejor oficio del mundo”.
El autor de “Cien años de soledad” evoca allí las viejas redacciones, los cafés y las parrandas de los viernes donde el periodista no sólo aprendía el oficio, sino también se apropiaba del mínimo bagaje cultural con que debe contar quien desee vivir de escribir noticias.
García Márquez estaba convencido que el periodismo es algo parecido a un arte, un arte realista que consiste en escribir de los hechos, tales como sucedieron. Un arte en el que la primera urgencia del cronista es la de no mentirse a sí mismo. Y la segunda, la de ser creativo, no para inventar la noticia, sino para tejer los datos que obtiene y no convertirse en un mero reproductor de lo que dicen sus fuentes.
Por entonces, García Márquez no había tomado nota de que la SIP era un agente de la CIA, pero sí les reprochó a sus miembros que hayan puesto cada vez más obstáculos para el desarrollo del periodismo que proponía. En las salas de redacción se instalan las últimas novedades tecnológicas, pero el cronista tiene cada vez menos tiempo para obtener datos y escribir su crónica, les dijo.
La grabadora se convirtió para el escritor en símbolo de esa deshumanización del periodismo. Con ella el propio periodista comienza a convertirse en un aparato que sólo guarda y reproduce lo que dice el gobernador o ministro de turno, o la gacetilla oficial, tarea que repite todos los días porque no desea, no quiere, no está capacitado, ni le pagan para otra cosa.
El discurso ante la SIP se había iniciado con el enojo del Nobel ante la postura de profesores de una universidad colombiana que habían mandado a decir que los periodistas no son artistas. Y su desazón por el cambio del nombre humilde que tuvo el oficio, por el de Ciencias de la Comunicación Social.
Tal vez García Márquez no haya advertido en ese momento la transformación que, tras el cambio de la palabra, se había iniciado y que tuvo cabal expresión en un reciente congreso de Comunicación Popular realizado en la Universidad Nacional de Salta realizado con abundante aparato oficial nacional y convocado bajo la definición previa de que comunicador popular puede ser la presidenta de la Nación o el cacique de una comunidad originaria en la medida que “defienda o proyecte un proyecto colectivo”.
El tono de la convocatoria armonizó bastante bien con el argumento que usó uno de los panelistas de la jornada inaugural para concluir que cualquier presunción de independencia es una mentira. “Si al fin y al caso todos tenemos ideas e intereses de los que dependemos”, dijo desde un lugar común que se repite en los ámbitos oficiales.
¿Qué queda del comunicador o periodista -o como quiera que se llame- si debe atenerse a “proyectar” un proyecto colectivo, y si cualquier idea propia que concibe es nada más que un signo de su dependencia?
Ambas ideas no pueden afirmarse sin el supuesto -que en general no llega a explicitarse-, de que la última explicación de lo que alguien dice o escribe está en una ideología, en una condición económica o en el sistema de creencias de la comunidad a la que pertenece, nunca en la mente, los deseos, la voluntad, o la experiencia de un individuo.
Así ya no puede hablarse de periodistas, sólo de voceros del Liberalismo, del Comunismo, de la Socialdemocracia, de la Comunidad Originaria, del Capitalismo o del Monopolio. Por eso, para esta corriente del pensamiento, no queda otra cosa que militar, y abandonar cualquier pretensión de autonomía personal. Quienes optan por este último camino son enseguida denunciados por Barone y sus socios como hipócritas, mentirosos, tilingos y lo que le venga en gana.
Habiendo tomado nota de que en los diarios los periodistas se habían empezado a transformar en meros grabadores-reproductores, García Márquez creó sus talleres de nuevo periodismo en Cartagena, con la colaboración de Tomás Eloy Martínez. Pretendía contribuir a un periodismo que se hiciera con los ojos, los nervios, las ideas, y los dedos en el teclado de unos tipos y tipas bien formados, no con el play de la última videograbadora.
En cambio, habiendo denunciado el poder mediático y constatado los intereses políticos y económicos de los medios, la expresión oficial de las ciencias argentinas de la Comunicación se apresura a celebrar los funerales de la figura del periodista, y con ellos, los de toda posibilidad de tener una visión propia, personal, de lo que ocurre.
Según esta corriente sólo cabe comunicar los “proyectos colectivos”, expresión que en boca de algunos de los panelistas que desembarcaron en Salta para la cátedra de inauguración pronto se convirtió en un eufemismo de “movimiento Nacional y Popular”, sino de franco cristinismo. ¿Cuántos pasos más tendrán que dar para terminar afirmando que un periodista-comunicador es en realidad, vocero de este gobierno nacional, a la manera de Télam, cuyos directivos participaron del Congreso?
Es posible, sin embargo, que el periodismo que velan los ideólogos nacionales de las Ciencias de la Comunicación goce de buena salud. Después de todo, en mundo donde son escasos los trabajos atractivos, no será tan fácil que desparezca el “mejor oficio del mundo”.
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