miércoles 22 de febrero de 2012

Amor en Yavi

Del lado de Villazón, la cola alcanza hasta dos cuadras, cualquier día de febrero de 2012. Vienen de regreso de Machu Picchu y en la calle República Argentina, mientras esperan su turno en migraciones, gastan sus últimos bolivianos antes de volver a cruzar la frontera. Sentados al lado de los fardos de coca, las vendedoras le recitan el precio de los aguayos, los sombreros, las camperas de lana de oveja. En perfecta tonada porteña, algunos mochileros regatean el precio, una de las costumbres andinas que más han practicado estos días. Por puro prejuicio, uno adivina entre ellos a una joven veinteañera de Barrio Norte o un joven de San Isidro que en octubre se sacó una foto de rigor en el cerro Catedral, con sus compañeros de quinto. Muchos se han vestido multicolores, desde las medias hasta el gorro, como cerro de Purmamarca. El clima espiritual de la peregrinación al Cuzco se condensa en un muchacho de no más de veinticinco que camina por las calles de Villazón con mochila de lana, anchos pantalones de tonalidades ocres, chaqueta al tono. Todo coronado por una cabellera rubia, hecha rastas. Barba rala y mirada azul como un destello del cielo andino. Es verlo nada más y sentir uno la tentación de pedirle un mantra. Porque podía ser tomado también como un maestro oriental. Algunos vuelven con un charango o un sicu colgando de la mochila, con la esperanza de que la música que guardan allí pueda con el estruendo caótico de la gran ciudad. Pero el regreso puede no ser tan espiritual, ni tan sereno. Una pareja practicaba, una de estas noches, el amor en el atrio de la iglesia de Yavi –a pocos kilómetros de Villazón-, en ese mismo templo donde el marqués -no el de Sade sino el de Yavi,- escuchaba misa todos los días, hace nada más que dos siglos. Las derivas del amor –como tal vez haya pensado el marqués, no de Yavi sino el de Sade-, son impredecibles. Tras los gemidos, algunos vecinos del pueblito alcanzaron a escuchar una riña que terminó en súplica masculina, dirigida no al Altísimo, sino a su compañera. “¡Volvé nena, volvé ! ¡Por lo menos dejame algunos mangos para pagarme la vuelta!”.

viernes 3 de febrero de 2012

La rubia Ferreira en el estadio del padre Martearena

Por los altavoces una voz enseña que la lectura es una pasión, igual que el fútbol, y anuncia que en el estadio se están distribuyendo cuentos gratuitos. Desde la hinchada se descuelga como una bandera el grito de “dale, daleeeé, dale Boooo…..”. No Borges –que no le gustaba para nada el fútbol- sino Boca, que va a enfrentarse en Salta a Santamarina por la Copa Argentina.
Falta una hora para que comience el partido y ya se puede recoger, olvidado en algún escalón, algún cuento de Osvaldo Soriano -editado y distribuido por el Ministerio de Educación en las gradas del futbol del verano 2012.
Cree el Ministerio –repleto de buenos propósitos como debe tener un Ministerio- que el público puede disfrutar una buena lectura mientras espera el partido. Pero cuando empiezo a leer “El penal más largo de mundo”, un joven se aparece por los pupitres de los periodistas e increpa: “¡Eh! ¿Qué piensan hacer aquí durante una hora? ¡Vayan a la conferencia del gobernador!”
Soriano estaba escribiendo que los jugadores eran lentos como burros y pesados como roperos, y que nadie se podía explicar cómo ganaban los partidos, si jugaban tan mal… No se refería por su puesto al Boca del primer tiempo -que todavía no lo había jugado-, sino a Estrella Polar, un equipo del Valle de Río Negro de fines de los cincuenta
La frase le hubiera venido de perlas a algún cronista, pero es que los periodistas no suelen leer…, no suelen leer antes de los partidos, ocupados en cuestiones tan importantes como si el técnico va a parar en la cancha un 4-3-2-1, o si fulano va jugar de punta o de enganche, o si cuántas horas, minutos y segundos que no juega Román.
El joven comunicador agradece como si fuera un gran favor que algún periodista se llegue a la conferencia donde el gobernador espera sacar su tajada del match promotor del turismo-el deporte-la lectura y los buenos modales: una foto, una frase repetida por los medios nacionales, que le ayude a seguir posicionándose. Verbo que los comunicadores deberían desterrar de una vez por todas, por equívoco y de mal gusto.
“Esta vez Capitanich, con el Boca-River, le ganó por lejos”, comenta a la ligera un colega, mientras deglute un pancho mini. Como dando por sentado que ya no hay fútbol sin política. Ni política sin fútbol. Parece darle la razón el diputado nacional y secretario general de los camioneros, Jorge Guaymás, cómodamente instalado, no en la popular, sino en un palco vidriado con LCD, camiseta de Boca pegada al cuerpo, soñándose Román. Por lo menos se nota que no tiene asesor de vestuario.
De de la promoción de la lectura, la voz del Estadio pasa intermitentemente a publicitar el Sindicato de Comercio, como si se tratase de una empresa que oferta servicios.
“¿Hasta cuándo podrá durar la Copa Argentina? Porque toda la guita para pagar los viajes, los árbitros, la pone la TV Pública, es decir el Estado. Y sólo en algunos partidos como estos hay recaudación”, reflexiona otro comunicador en diez segundos, antes de abandonarse, por noventa minutos, al periodismo militante. Militante de Boca.
Para ese momento Soriano escribe casi en la soledad absoluta: su partido y sus jugadores, parecen de un planeta diferente al de Boca, que sale a la cancha en medio de una nube de papelitos plateados lanzados por un cañón contratado por la TV digital, y de un show de fuegos artificiales pagados por el gobierno, y con un caché que Dios y la patria se lo demanden.
El Estrella Polar de Soriano, por el contrario, es un equipo miseria. Su entrenador, “un tipo de traje negro, bigotitos finos,un lunar en la frente, pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque” y azuzaba los jugadores con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. Bueno, es un poco más atractivo que Falcioni.
El arquero Díaz tenía casi cuarenta años y el pelo blanco “se le caía sobre la frente de indio araucano”.
Cuenta Soriano que después de jugar mal y ganar, festejaban con botellas de vino refrescadas en tierra húmeda, y más tarde en el prostíbulo de Santa Ana. Como si Santa Ana los tuviera.
Uno de los personajes del cuento es la rubia Ferreira, a quien el gato Díaz corteja mientras se prepara para atajar el “penal más largo del mundo”. En un momento, mientras conjeturaban a dónde se iba a tirar el arquero, la mina le dice al gato. “En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién”.
En el Martearena, cuando ya Roncaglia acertó el empate, todos nos vemos en el mejor de los mundos posibles. La pasión, la lectura, el deporte, la fiesta popular, la euforia, esas cosas. Pero la frase de la rubia Ferreira lo convierte todo, por unos segundos, en un juego de simulacros. ¿Y si tiene razón, y todo es nada más que un engaña pichanga? ¿Y no es cierto que la pasión nos iguale a todos porque al final cada cual atiende su juego?
Díaz, de Estrella Polar, le ataja el penal a Constante Gauna, disculpen que le cuente el final. Y Orión - el apellido parece que se lo puso Soriano-, a Gáspari. Ya lo vieron mil veces en la tele. Fin del espectáculo, fin del relato. La gente sale del estadio en medio de la noche. Soriano, desde sus cuentos, sigue relatándonos un futbol que ha quedado tan lejos de estas copas oficiales como la estrella polar de este mundo.

domingo 1 de enero de 2012

Haciendo a la buena gente

Desde la televisión pública, decenas de actores, cantantes y estrellas de pantalla anuncian que han renunciado al “subsidio” por solidaridad con los que menos tienen y nos invitan a hacer lo mismo. Incluso algunos hacen saber que tienen la suerte de trabajar en lo que les gusta y que tienen un buen pasar.
Defecto profesional, los actores y cantantes representan allí un papel, el de la buena gente, esa que al final del anuncio el canal público dice que tiene la Argentina.
Son buenos actores. De esos a los que aplaudimos porque nos saben engañar. Están convencidos de lo que representan y nos convencen. Siguen un guión escrito por otros, representan algo que no son, pero les creemos el papel. Nos gusta esto: la vida sería poco soportable si nadie tuviera la osadía de engañarnos un poco.
De hecho nos conforta saber que habitamos en un suelo que tiene tan buena gente. Que, por ejemplo, deciden renunciar a ese subsidio por solidaridad con los que más lo necesitan.
No admiten, claro, que fue injusto que durante años el Estado les haya pagado parte de su consumo de luz o gas, a pesar de que tenían más que suficiente en su bolsillo para pagar la factura. Hacerlo hubiera sido más honesto, pero no daba con la talla de la buena gente que nos transmite la televisión pública.
No. Lo que dicen estas estrellas es que por solidaridad con los que menos tienen renuncian al subsidio. Practican ahora la virtud con un dinero que recibían del Estado a pesar de que no lo necesitaban.
Por buena gente también se hacen pasar los ricos que no tienen un mínimo de escrúpulos para amasar su fortuna y que con dinero no bien habido practican la beneficencia hacia los pobres. Practican a su manera el engaño: su solidaridad es sólo una pantalla para seguir gozando de sus privilegios.
De hecho, esta política parece haber sido diseñada por uno de esos ricachones: el dinero se redistribuirá sólo en la medida en que los beneficiados con los subsidios se llenen de buenos sentimientos y practiquen la solidaridad. Tal vez por ello la campaña se hace para las fiestas de fin de año cuando, como es sabido, todos nos llenamos de tan buenas intenciones.
Pero estas estrellas que aparecen en pantalla no son esos ricachones. Son simples actores, cantantes, que seguramente han adoptado como un mantra una idea de la presidenta: de qué sirve la libertad, si no hay igualdad.
Por eso una vez que hacen su anuncio vuelven a su pequeña cuadrícula individual en la pantalla que les ha dispuesto la televisión pública. Así los despide. Así tal vez los quiera ver al resto de los argentinos.

lunes 19 de diciembre de 2011

Las apariciones en el cerro y los pechos de Sophie

Suelo quedar profundamente conmovido cuando leo las crónicas de El Tribuno sobre las devociones en el cerro. Y no es que me transformen en un creyente de las apariciones, sino en un admirador de la piedad y la unción de quienes dirigen el matutino. “Se consagraron a la Virgen miles de fieles de todo el país”, titulaba en una edición reciente. “El altar de la Inmaculada Madre estaba impregnado de aroma de rosas”, dice la crónica, embriagadora. “María Livia irradia el cielo y la luz de Dios porque la Virgen la formó”, ponía para encabezar la entrevista al sacerdote especialista en apariciones. Las páginas del diario levitan, de tanta devoción. Pero si tiene que hablar de la mujer, el matutino no se anda con medias tintas: bastaba –después de leer las crónicas de las devociones del 9 de diciembre- con “bajar” en la misma pantalla de inicio. Uno se enteraba entonces que “La bebota de GH levantó la apuesta y ahora hizo un topless”. La bajada aclaraba que la mujer “se sacó la parte de arriba de su malla y exhibió sus voluptuosos pechos, dedicando este acto a todos sus fans”. Victoria Irouleguy se aparecía en video sin túnicas casi como vino al mundo. Casi. También el devoto matutino nos mostraba la cola más bonita de Brasil, “el trasero más impresionante del país”. Y para quienes no habían logrado conmoverse, la página de inicio exhibía los pechos más hermosos del mundo, los de la botinera inglesa Sophie Howard. “Posee las curvas más admiradas por los jugadores de todo el mundo que militan en los principales equipos de ese país”. En tiempos de crisis de la comunicación, El Tribuno encontró su nicho: con un par de cliks dentro de su sitio se puede pasar de la pasión de la carne, a la más pura devoción. Del vicio a la virtud. Del pecado, al perdón de la culpa. Y viceversas. Pero no es que el matutino tenga una doble identidad, una espiritual y otra carnal. Porque ellas muestran sus tetas y sus culos, pero el cronista nunca se calienta, a lo más queda admirado. Pretende que no tiene un cuerpo, ni testosterona: se nos aparece casi como un espíritu que puede impresionarse un poco. Sólo es carnal la mujer que se exhibe en la fotografía, nunca el medio que la difunde. Por eso mismo el diario prefiere mostrar la cantidad –miles- de fieles que se consagran a la Virgen, que informar cuántos visitantes tuvieron el video de la bebota, o las fotos de la botinera. A juzgar por el tono de las crónicas, los directivos del diario son uno más de los veinte mil fieles de toda la Argentina que se consagraron a la Virgen Inmaculada, nunca unos más de los mirones de los culos de la miss brasilera ni de las pechos de Sophie Howard. “Hipocresía” es una palabra demasiado pobre para estos casos. Después de todo, lo del diario es una expresión más de la moral colonial donde, como decía un historiador, fornicar no es tan pecado, como decir que fornicar no es tan pecado. Para el matutino no es tan virtuoso ser piadoso, como confesar que uno es piadoso. Mostrarse escéptico con las apariciones en el cerro, cuestionar sus mensajes, señalar el lado humano, demasiado humano, de lo que se pretende divino. En fin, adoptar el talante exactamente contrario al melifluo y solemne del diario respecto de lo que ocurre en el cerro. Eso será el gran pecado, muchísimo más grave, claro, que el de mirar en una pantalla los bellos pechos de Sophie.

lunes 5 de diciembre de 2011

La casa natal de Federico

(Lo que sigue son las palabras que leí el sábado 3 de diciembre de 2011, en la inauguración de la “casa natal de Federico Gauffin”, en Villa San José, Metán)

Hace más de un siglo, tal vez en 1903, un muchacho de unos diecisiete años saltaba el alambre de la plaza que tenemos ahora enfrente, bordeaba esta vieja casa, daba un rodeo por los yuyarales que la habían invadido y entraba por una puerta lateral.
Acababa de perder su empleo en un viejo almacén de Metán, luego de que su patrón lo descubriera en un amorío con su hija.
De su padre, en la vieja casona familiar, sólo quedaba el dibujo de unos grotescos payasos con un cigarro en la boca, y unos cuentos que comenzaban allá lejos en Francia. De su madre, apenas el recuerdo del aroma de la sopa, y la voz tierna, casi incapaz de dar órdenes.
El chico estaba llegando a la conclusión de que no había cabida para él en Metán, de que no iba a poder encontrar otro empleo, debido a la mala relación que había tejido en el pueblo. Lo único que podía hacerse era irse, pero antes había buscado reparo en el recuerdo de unos padres, y de una familia ya ausentes.
Todo está narrado en el primer capítulo de “En Tierras de Magú Pelá”. Antes de salir de esta casa en la que estamos, el muchacho tropieza con un objeto. Era el caballo de madera de su infancia, donde había hecho miles de viajes imaginarios. Permanecía allí, “… con las patas rotas, sin crines ni cola, con los ojos huecos”. “¡Estaba muerto!”, dice sorprendido.

No sólo había perdido a su empleo y a su familia. No sólo no tenía ya la posibilidad de vivir en el pueblo: también había muerto su infancia. Esta casa fue en la novela “En Tierras de Magú Pelá” la casa en ruinas donde un chico de 17 años tuvo que hace ese duelo.
¿Quién era ese muchacho? ¿Federico Gauffin, el autor de la novela, o Carlos Gilbert, su protagonista? Tal vez los dos, porque uno es también lo que se imagina y lo que narra de sí mismo. La biografía de uno mismo está llena de ficciones acerca de sí mismo.

Pero esta casa no sólo fue la casa del duelo de la infancia de Gauffin o de Gilbert. Para un día de inauguración, la idea parece sombría. Hay otro costado, otra cara de la moneda.
Esta casa por eso mismo es también el kilómetro 0 de un viaje que iba a emprender al día siguiente, un viaje de aventura, de conocimiento, de acumulación de experiencias, tal como tan bien analiza Santiago Sylvester en la introducción de la última edición de la novela.
El capítulo siguiente se inicia con este muchacho comiendo charqui y zapallo asado. El hambre lo había llevado a lo de doña Cruz, alguna anciana vecina de Metán, que demás le dio una mula de su finado marido.
Desde ese pueblito de Metán se emprende entonces un viaje, una aventura: desde la primera jornada, el Chaco se le va revelando sin medida, tormentoso, brutal y también bello. No tiene esa región demasiadas consideraciones para quienes no saben de sus secretos, pero el muchacho sobrevive gracias a la amistad de un gaucho cuatrero, a quien salva de ser matado por la policía.
Todo lo que le sucede desde entonces a este joven está marcado por una violencia primitiva: el diluvio en el Palmar, el abrazo mortal del oso hormiguero al tigre, el mataco ciego que lo embiste con la fuerza de sus propios tormentos, las manifestaciones de amor de una mataca que lo voltea y le araña la cara, la matanza de una tribu de aborígenes por órdenes de un teniente despechado. Pero también esta región le revela una belleza ageste, como el de la laguna de Suri Pintao, o el espectáculo de una pesca aborigen sobre el Pilcomayo.
Gauffin lo va contando con la inocencia de quien lo ve todo por primera vez: describe los gauchos y al resto de los personajes tales como se les van apareciendo, sin pintarlos demasiado ideales, sin disculparlos, pero también sin condenarlos.

Veinte años se queda Gauffin a orillas del Pilcomayo. Allí además, además de casarse con Antonia Paz y tener hijos, de sobrevivir junto a los grupos aborígenes y los primeros criollos que migraron a esa región, lee con avidez cualquier recorte de revista, cualquier libro que llegaba a esos desiertos, o garabatea algunos versos.

Regresa a Salta, veinte años después, a tiempo para encontrarse con Juan Carlos Dávalos, y escribir sus novelas. Trabaja de periodista y dirige el diario Norte. Muere en 1937, en algún inmueble de la calle Balcarce, cerca de la estación de trenes.

Ninguno de sus nietos, pues, lo conoció personalmente. De allí que su memoria familiar se haya conservado sobre todo por los recuerdos de sus hijos transmitidos a sus propios hijos y, claro, por los propios libros de Federico y la referencias de mundo cultural.

Los gauffines son legión ahora, a las puertas de 2012, cuando se han cumplido 125 años de su nacimiento.

Y no falta el día en que uno de ellos, nieto, bisnieto, tatariento o chozno, tome un recorte de de diario y lo lea con la misma avidez que lo hacía Federico a orillas del Pilcomayo. O se interne en el Chaco para mirar los madrejones. O escriba un cuento, o un artículo en un diario. O cometa algunos versos. Formas de afrontar de cada uno sus propios duelos y de recorrer estos días tormentosos y bellos.

miércoles 2 de noviembre de 2011

El bolsillo proscrito

Corren malos tiempos para el bolsillo. No porque la crisis económica los haya hecho enflaquecer. Todo lo contrario: Mitre, Rosas, Sarmiento y hasta Roca siguen mirando hacia no se sabe dónde desde papeles cada vez más gastados. Signo de que continúan su trajín diario de pantalón en pantalón.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.

El bolsillo proscrito

Corren malos tiempos para el bolsillo. No porque la crisis económica los haya hecho enflaquecer. Todo lo contrario: Mitre, Rosas, Sarmiento y hasta Roca siguen mirando hacia no se sabe dónde desde papeles cada vez más gastados. Signo de que continúan su trajín diario de pantalón en pantalón.
¿Cuántos bolsillos argentinos, me pregunto en mis horas más filosóficas, conocen nuestros próceres, desde los de seda, a donde sólo se guarda lo justo para dejar la propina al garzón del hotel cinco estrellas, o de tela de guardapolvo, con miguitas y algunas pelusas, de las que el alumnito saca, ansioso, las cinco guitas que vale el sánguche de salame y queso?
El mal momento que está pasando el bolsillo comenzó cuando algún envidioso del triunfo electoral ajeno se las tomó con el de los más pobres. “Seguramente han votado con el bolsillo”, sentenció, imaginando que con tamaña afirmación ponía bajo irremediable sospecha los resultados electorales del 23 de octubre.
Como si eso hubiese sido una descalificación inaceptable, un agravio, enseguida salieron unos curas –lo contó Página 12 en su edición dominical- para negar rotundamente que los pobres hayan votado con el bolsillo, y en cambio afirmar que lo habían hecho con el corazón.
El bolsillo quedó en medio de la balacera post electoral y terminó perdiendo.
Perdió el poco respeto que le quedaba. Aún más, fue proscripto electoralmente: si continúa la tendencia, el día de las elecciones deberá limitarse a guardar el DNI, y estará conminado a no opinar, no decir lo suyo, so pena de que el voto de su dueño sea inmediatamente impugnado por interesado, vil, despreciable, abyecto.
Votar con el bolsillo será un crimen electoral mucho más grave que difundir una encuesta de boca de urna a las 17.59 del domingo, o entregar un voto a dos cuadras de una mesa.
Tal vez haya sido la intervención de aquellos curas lo que haya echado algo de luz sobre las razones de la mala prensa del bolsillo. Nada más la comparación con el corazón lo empieza a dejar en una posición desfavorable.
Desde hace siglos, la humanidad no se ha contentado con que el corazón bombee sangre. Como si esa no fuera una función que le exige dedicación 24 horas al día, le ha hecho también sede y guardián de los más elevados sentimientos humanos. Esto ha hecho muy conveniente que cualquier acción humana que quiera ponderarse se motive en el corazón.
Y tal tendencia ha sido simultánea con unas veces soterrada, otras manifiesta, denigración del bolsillo. Si el corazón se convertía en el símbolo de lo espiritual y generoso, el bolsillo se convirtió en la huella de lo interesado, egoísta y material.
Tampoco, es cierto, ayudó al bolsillo su ubicación en el pantalón masculino: casi en la entrepierna, muy cerca de lo que desde Adán se tapa y no se nombra, por impuro. Se entiende que aquellos curas lo hayan maltratado tanto.
Tanta mala prensa no parece fácil de remontar. Tal como están las cosas, parece más posible que los jóvenes de 16 años sean habilitados para votar, que se admita que el bolsillo opine libremente el día de las elecciones.
En realidad, no puede con su genio, lo hace siempre. Lo que parece que no está permitido es admitirlo. El bolsillo opina siempre y más de una vez decide el voto. Sólo falta reconocerle formalmente ese derecho. Reconocerle también su derecho a acertar. Y a equivocarse.